Mirar con nuevos ojos. Proust y Bergson


Ojalá tuviéramos dos vidas, una para vivirla y otra para contarla y escuchar las memorias de los demás; así decía don Rodolfo, una de las personas más sabias que he conocido. Me llevaba al colegio en su taxi y demostraba ser un gran contador de historias.

Esta mañana pensé en él cuando probé un dulce de menta con chocolate, como los que él me obsequiaba para amenizar el camino. Así llegan los recuerdos, como nos muestra En busca del tiempo perdido. Estamos hechos de tiempo. Es la materia prima de la existencia. Eso se intuye en los relatos de los abuelos, en las reuniones de ex compañeros de escuela que relatan las mismas cosas de siempre; también se percibe en las anécdotas que cuentan los divulgadores de la historia. Por alguna razón, disfrutamos escuchar y que nos escuchen, cuando contamos historias personales. Kant entendía al tiempo como forma de intuición pura; algo que no es fácil de entender, aún si se conoce algo de filosofía. El caso es que no podemos pensar, enunciar o imaginar algo que no sea temporal.

Podremos no saber qué es el tiempo, pero intuimos que no se reduce a aquello que marca el reloj y nos hace correr por las mañanas y añorar las vacaciones que aún no llegan. No somos tontos. Entendemos que el presente es lo que cuenta, que no hay que vivir en el pasado, y otras frases hechas; pero también que, a pesar de que el tiempo se nos diluye entre las manos, hay algo que permanece y no siempre sabemos qué hacer con ello.

En días recientes fue el aniversario del nacimiento de Marcel Proust, el autor de En busca del tiempo perdido, una obra muy apreciada para los interesados en lo que la literatura tiene que decirnos acerca del tiempo y la memoria. En ella, con un claro contenido autobiográfico, Proust reproduce los recuerdos de un joven escritor francés de comienzos del siglo XX. No se trata de una novela en la que se describen acontecimientos en forma estrictamente cronológica, lineal o de acuerdo a la importancia de los mismos. Los hechos se narran como destellos de recuerdos que llegan a la memoria del narrador, a través de lo que Proust denomina memoria involuntaria, es decir, aquella que nos sorprende cuando algún aroma, sabor o imagen presente, evoca algo del pasado que se creía olvidado.

Así es. La memoria involuntaria: nos acontece, nos sorprende, se entromete en medio de una junta de trabajo, de un embotellamiento camino a casa, en medio de una clase, de una fiesta.

Don Alfonso Reyes recomendaba a José Vasconcelos distinguir entre el orden en el que las ideas llegan a la mente, y el orden en el que esas ideas deben darse a conocer a los demás. Algunas personas, para narrar sus recuerdos, requieren remontarse a aquel punto en el tiempo que consideran el origen de la anécdota. Otras tienen la habilidad de navegar simultáneamente en distintas épocas, y otras más son sencillas y concretas. En cada relato personal cabe la posibilidad de alterar un poco los hechos, porque frecuentemente, nos contamos la historia que necesitamos o queremos escuchar.

Autores como Proust y Henri Bergson sabían que el tiempo de la conciencia es distinto, que no es cuestión de pasado y presente, sino de duración y memoria; que abrir las puertas de la memoria es como emprender un viaje al centro de lo que somos. Kierkegaard nos recuerda que, si bien es cierto que la vida se vive hacia adelante, sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás. Es importante repetir esto especialmente hoy, en una época en la que hay que decirlo, mirar hacia atrás no está de moda.

Henri Bergson plantea desde la filosofía intuicionista que en nuestro interior existe la verdadera duración, que es el proceso por el cual se fusionan una serie de hechos psicológicos; y que fuera de nosotros, sólo hay espacio. Este atractivo –y casi obsesivo– concepto de la duración como tiempo interno bergsoniano, es el soporte filosófico de En busca del tiempo perdido, la gran obra de Proust.

Bergson fue un filósofo francés que obtuvo el premio Nobel de literatura en 1927. Además de filosofía, estudió matemática y física. En su obra se aprecia la influencia de los científicos de su tiempo. Basándose en la ley de la conservación de la materia y la energía, afirma que toda la realidad está sometida a un principio de evolución, que es la manifestación de lo incognoscible.

Si bien es cierto que los principios de la física describen el funcionamiento del mundo, para Bergson, la filosofía debe ir al fondo de la que él considera una idea básica de lo que dice la ciencia: el tiempo. Para la ciencia, el tiempo se concibe como la medida del movimiento, es decir, según el modo de ser del espacio. Para la filosofía bergsoniana, en cambio, el tiempo real es pura duración, que es intuida en la experiencia interna de las personas. La filosofía es la indicada para hacerse cargo del tiempo real y para ello recurre a la intuición.

Intuir es tener una conciencia inmediata, una percepción directa de la realidad. Tal vez se parezca a ese sexto sentido que la gente menciona. No es racional, pero al mismo tiempo, no puede prescindir del lenguaje. Después de todo, el ser habita en las palabras, como decía Heidegger.

Para pensar el tiempo, no basta lo que tengan que decirnos la ciencia o la psicología, pues las cosas de la experiencia concreta no se reducen a los discursos racionales. Sólo cada conciencia sabe por qué le otorga más importancia a un recuerdo que a otro. Para la conciencia, el tiempo no es una sucesión de instantes cronológicamente archivados, sin embargo, a veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas. El yo habita el presente, pero con el recuerdo del pasado y la anticipación del futuro: la conciencia los unifica y, de esa manera, consigue lo que la realidad no puede hacer.

Cada instante tiene un valor distinto, más allá de la sucesión cronológica, en nuestra conciencia un momento penetra en otro y queda ligado a él. La memoria, entonces, se encarga de recoger y guardar los aspectos de la existencia. Cuando recordamos, no nos remontamos del presente al pasado. Para Bergson, sería más propio plantear que vamos del pasado al presente, de acuerdo a la percepción. Así, la narrativa de nuestra propia existencia no es lineal, sino que posee una dinámica que es interna y distinta en cada caso. De alguna manera, el mundo externo tiene un tiempo y la conciencia, otro. De manera que, para ella, el tiempo no es lineal, sino espiral; los instantes permanecen y se repiten cada vez que los evoca la memoria.

No podemos recuperar el tiempo perdido, por mucho que se salga en su búsqueda, pero sí podemos aprender a mirar hacia atrás; no para anclarse al pasado sino para redescubrirse constantemente, porque existencialmente, la búsqueda no es en el pasado, sino en la conciencia. Así, la memoria, tiene una función mucho más importante que reproducir los hechos pasados: recrea el mundo, lo reinterpreta y resignifica. Como sucede con aquellas películas que uno puede volver a ver una y otra vez. Como aquellas anécdotas que se repiten ad náuseam en las reuniones con los viejos amigos y, sin embargo, siempre nos hacen reír y siempre ofrecen nuevas lecturas sobre nosotros mismos.

El viaje del descubrimiento, dice Proust, no está en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.

Categorías:María del Pilar TorresEtiquetas: , , ,

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